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Por encargo de un familiar, tenía que ir a vigilar un chalet en la playa, puesto que el vigilante había caído enfermo y este familiar tenía miedo que entrasen en la casa. El familiar, cuyo nombre no viene al caso, lo era por parte de mi mujer. Ella, mi esposa, por problemas de trabajo no pudo acompañarme pero cuando esta persona me dijo que alguien me acompañaría quedé pensando quien sería puesto que no contaba que mi cuñada, la pequeña, se ofrecería a acompañarme. Pero sí, era ella que, según dijo, quería pasar unos días en la playa sin multitud de gente ya que eso no le gustaba y como aún no había empezado el periodo veraniego las playas estarían desiertas.

Mi cuñada y yo habíamos acordado salir a primera hora de la mañana. La verdad, no me hacía mucha gracia el tener que hacer de niñera vigilando a mi cuñada pero no me quedaba más remedio, puesto que así se lo había prometido a mi mujer. Por el camino, mi cuñada se había quedado dormida en el asiento delantero. La verdad es, que de vez en cuando miraba hacia ella y no podía evitar pensar que me gustaría hacer algo con ella, puesto que, a sus diecinueve añitos era un bomboncito listo para ser estrenado.

El calor en la carretera era impresionante a medida que el día se iba abriendo. Yo miraba la blusa de mi cuñada, ligeramente desabrochada. Se podía ver el canalillo de sus pequeños pero duros pechos y la verdad es que esta visión me excitó bastante y mi rabo comenzó a ponerse un poco duro. Sin poder resistir la tentación y tal y como estaba dormida, levanté su falda con intención de verle sus pequeñas braguitas. Así lo hice. Con mucho cuidado levanté la prenda y pude comprobar como, tras un minúsculo tanga, tenía un hermoso coñito que estaba para comerse. Al instante ella se movió un poco y yo solté de golpe su falda, poniéndome a mirar, para disimular. Ella se despertó y me preguntó si faltaba mucho para llegar a la playa. Le respondí que media hora aproximadamente. Entonces me dijo:

– Me acostaré en la parte trasera del coche y seguiré echando una cabezadita, puesto que esta noche salí con las amigas y estoy un poco cansada.

Así lo hizo y yo, de vez en cuando, miraba por el espejo retrovisor del coche. Las intenciones y pensamientos con mi cuñada no podía salir de mi cabeza. El caso es que, con un gran esfuerzo de voluntad, decidí ignorar el tema y seguir hasta nuestro destino, pero varias veces se pasó por mi mente el parar el coche y follármela. Así llegamos a la playa. La verdad es, que la mansión de este familiar era enorme. El tío estaba podrido de dinero y la verdad es que allí tenía una buena inversión. Al chalet no le faltaba de nada, piscina, invernadero… Todas esas chorradas que uno querría para sí cuando llegue a mayor. Pero bueno, después de acomodarnos en la casa le dije a mi cuñada que iba a darme un baño puesto que con el sudor del camino no quería presentarme así en la playa.

Al salir, como es habitual en mí, lo hice completamente desnudo, pensando que mi cuñada ya se había marchado para la playa y no había nadie en la casa. Pero ella estaba en su habitación, que quedaba justo al lado de la mía, y al pasar por delante de su puerta pudo ver todos mis encantos al descubierto. No sé si la primera impresión le gustó o no, pero lo primero que hizo fue dirigir la mirada a mi rabo. Se quedó asombrada por su tamaño y la verdad es que se sonrojó un poco. Torció la mirada y me dijo:

– ¡Tápate, pues puedes excitarme y después no sé si podré responder de mis actos!

No le di importancia a este comentario puesto que pensé que era una broma, aunque después, pensándolo fríamente, quedé con la duda de si lo había dicho de verdad.

El día transcurrió sin ninguna novedad, pero yo adelantándome a los acontecimientos pensaba en como sería la noche. Al llegar a la playa mi cuñada ya estaba tumbada en la playa al sol como un lagarto. Al cabo de un rato se levantó de la toalla y se acercó a donde yo me encontraba sentado. Me dijo que vigilase sus cosas, que iba a darse un baño. Cuando salió del agua no podía apartar mi mirada de sus pechos. Los pezones estaba duros como rocas, tal y como se podía apreciar desde fuera de su bañador. Se acercó a mí y me preguntó que sucedía, puesto que creo se había percatado del detalle. Lo primero que se me ocurrió fue:

– Estooo….. lo que llevas debajo del sujetador, ¿es tuyo? – pregunté como un tonto.
– Sí, claro… ¿de quien iba a ser? – replicó.

Sin más levanté unos de mis dedos hacia sus pechos y se lo toqué. Estaban duros como rocas. Ella se cortó un poco pero reaccionó pronto. Agarró mi mano y se la metió por dentro del bañador diciéndome:

– ¿Qué, son míos o es postizo?

La verdad es que tenía unos pechos, aunque pequeños como ya dije, bien formados y duros. No quería detenerme pero la verdad es que tenía miedo de pasarme con ella y que se lo fuese contando a su hermana, mi mujer, o peor aún, a su padre, mi suegro. Al cabo de un rato ella me dijo si íbamos a comer algo puesto que tenía hambre. Le dije que no había problema. Después de recoger todas las cosas comenzó a andar delante de mí. Yo me iba fijando en los movimientos de su culo. La muy zorra parecía que lo hacía a propósito con intención de excitarme.

Al llegar a la casa preparamos algo ligerito para comer. Después de la comida decidimos ir a acostarnos un rato. Al cabo de un par de horas, cuando desperté, me levanté y me dirigí al WC. Al pasar de nuevo por su habitación me fije que mi cuñada tenía la puerta entreabierta. Allí estaba tumbada con su pequeño pantaloncito que tapaba solamente lo justo. Entré en la habitación y me acerqué a ella. No podía resistir la tentación de tocarla de nuevo. Me senté sobre la cama y comencé a meter mi mano en toda su raja. Ella parecía que se había percatado del momento pero seguía con los ojos cerrados. Comencé a frotar su coño y poco a poco mis dedos fueron introduciéndose a través de sus pantalones hasta que llegaron a toda su pelambrera púbica. Uno de mis dedos comenzó a frotar su pequeño clítoris con intención de poderla excitar, pero la verdad es que me sorprendió que ya estuviese mojada.

En un momento que desvié la mirada de ella pude comprobar como encima de la alfombra tenía un pequeño consolador. Allí estaba la respuesta a mi pregunta. Mi polla, al percatarse del detalle y ver que mi cuñada no había quedado satisfecha decidí bajarle los pantalones y dejarla en pelota picada. Me incliné sobre sus piernas y mi lengua poco a poco comenzó a desplazarse por sus piernas hasta que llegó a su rajita. Allí empecé a comerle su coñito como si se tratase de una esponja. Ella, que aún seguía con los ojos cerrados, comenzó a retorcerse y a soltar unos pequeños gemidos de gusto. Estos gemidos, poco a poco, comenzaron a subir de tono. Esto, la verdad, no me importó puesto que no había nadie en la casa y de seguro que no nos podían oír.

Ella, entonces, abrió los ojos y haciéndose la tonta me preguntó que estaba haciendo. Ignorando sus palabras seguí con lo mío hasta que ella agarró mi cabeza y empujaba contra sí con fuerza. Pensé que mi lengua había hecho tope en su pequeño conejo pero aún seguía entrando y entrando. En un momento dado, mi polla no aguantó más y tenía ganas de perforarla. Así lo iba a hacer. Me tumbé tras ella y de costado comencé a introducir mi polla en su pequeño y húmedo agujerito. Ella, al principio se frotaba y frotaba, pero yo tenía ganas de perforarla, hacerla sentir mía. Agarré mi polla con la mano y comencé a introducírsela en la vagina. Ella gritaba como una perra. Parecía que iba a romper allí mismo a mi cuñada. Intentaba apartarse con intención de no ser perforada pero mi polla no quería acceder a sus peticiones. Notaba como la punta de mi rabo iba recorriendo poco a poco su pequeña vagina. Iba abriéndola lentamente. La zorra estaba llevándose su merecido.

Un par de veces intentó sacarse la polla de entre sus piernas pero, para poderla penetrar mejor, la tumbé y desde atrás tenía un buen ángulo para perforarla perfectamente. Metí mis 25 cms de polla en toda su raja. Comencé a bombear en ella como si fuese un perro en celo y en un momento, ella se vino abajo. Soltó un grito que pensé que rompería los cristales de habitación con las vibraciones. No tardé mucho en correrme y en el último momento saqué mi polla de toda su raja. Mi corrida saltó de golpe y quedó depositada en todas sus nalgas, parte saltó a su espalda y una pequeña cantidad quedó en su hermoso pelo rubio. Quedé hecho polvo igual que ella. Me tumbé a su lado y ella se dio la vuelta. Me dijo que era un cabrón, que cómo fui capaz de hacerle aquello. Le respondí había llevado su merecido por calentarme.

Entonces ella comenzó a hacerme preguntas sobre cómo lo hacía su hermana en la cama. Después de contestarle a varias me dijo si a su hermana le gustaba que la enculase. Le dije que eso se lo preguntase a ella. Me dejó sorprendido cuando me dijo si podía desvirgarle el culo puesto que sus amigas le había dicho que eso era bestial. Comenzó a besarme y a sobarme la polla que no tardó en ponerse otra vez dura como una roca. Le dije que se pusiese a cuatro patas. Me agaché sobre su culo, metí mis manos en su aún mojado coño y comencé a desplazar esos flujos vaginales con intención de lubricarle su hermoso culo. No me lo podía creer. Iba a volver a romper a mi cuñada pero esta vez sería por todo su hermoso culo. Cuando su culito estuvo bien lubricado, agarré mi polla y de un golpe se la metí hasta que hizo tope con mis huevos. Ella comenzó a moverse. Decía que estaba disfrutando como una auténtica cerda. Esta vez ambos nos corrimos juntos y toda mi corrida quedó dentro de su precioso culito.

Yo no quería dejarla así y entonces le dije que se tumbase, que iba a enseñarle como se hacía una auténtica cubana. Mi polla estaba un poco blanda pero en momento de meterla entre sus pechos se volvió a endurecer. Ella accedía a mis roces con unas pequeñas mamaditas y cuando yo estaba a punto de correrme, ella se percató del detalle y metió toda mi polla en su boca. Quedó saciada de leche y creo que por una temporada no volvería a tener sed. Pero esto no fue así puesto que aún quedaba toda una semana por delante antes de volver a la ciudad…