Mira mis tetas amor. Relato erótico

Mira mis tetas amor. Relato erótico

Mira mis tetas amor. Relato erótico
Mira mis tetas amor. Relato erótico

Mi historia es la de muchas mujeres. Lo de siempre, el machismo de siempre. No sé quién ha sido más machista conmigo si mi madre o mi padre. Yo fui una niña muy prematura. Tanto en desarrollo psicológico como físico. Y me refiero a prematura de verdad. Con cinco-seis años se me empezaron a marcar las tetitas (y no por estar gorda, de hecho de pequeña era un espárrago) y con siete empecé con tops y sujetadores para niñas. Con nueve me bajó la regla. Los niños son crueles. Con esta afirmación ya podéis imaginar hacia dónde pueden ir los tiros. Y efectivamente, me pasé la primaria muerta de vergüenza y acomplejadísima por ser “la de las tetas grandes”. Eso sí, los morreos que me pegaba con el vecino de abajo eran de aupa. Con once y doce años ya sentía escalofríos, sin saber muy bien lo que significaban, cuando nos besabamos. Recuerdo que mi vecino, que habrá sido de él, me mostraba su “pito” y es verdad era un puñetero pito todavía sin desarrollar. El caso es que ver aquello, el pito, no me resultaba nada alentador.

Cuando iba a natación en segundo de primaria, el vestuario era horrible, pues tenía más pecho que muchas niñas de sexto. Si a eso le sumamos que empezaba a tener vello púbico… Vamos que era un show. Cada martes era el centro de atención de niñas y monitoras y al poco tiempo me borré por la angustia que me causaba. Aunque luego hice gimnasia rítmica, que era más de lo mismo. Allí no tenía tanta vergüenza, porque las niñas eran de mi edad y las conocía de siempre, pero por otra parte ellas se propasaban más (la confianza da asco) con sus comentarios.

En las clases corrientes, era aún peor. Cuando no llevábamos la bata porque era algún evento o ya terminaba el curso, me pasaba el día con el cuello de la camiseta en la boca, para que así se me levantara hasta arriba y no se viesen las “protuberancias”. A veces, cuando íbamos en manga corta, me sacaba el sujetador en el lavabo y lo guardaba en la mochila, para que no se me vieran los tirantes o se transparentara por detrás. Y supongo que mil y una virguerías que no recuerdo ya, pero que hacían que cada día me sintiese expuesta.

Porque, como he dicho, los niños son crueles. Y conmigo lo eran. Tuve que soportar que durante años, los niños de mi clase (y a veces de otros cursos) quisieran tocarme las tetas y como corrían más que yo, siempre lo lograban.

Ahora mi venganza es terrible. Me encanta mostrarlas y ver cómo se vuelven locos los hombres al contemplarlas. Ya desde el instituto lo que más me gustaba era fantasear con las pajas que se hacían los chicos pensando en mis tetazas.

En secundaria (o la ESO), pasé de ser el bicho raro de las tetas y la regla, a, simplemente, la tetona de primero A. Como ya empezaban a despertar las hormonas, chicos de todos los cursos (de dentro y fuera del colegio) se me insinuaban y me decían todo tipo de obscenidades. Siempre en la intimidad, claro, no fuera a ser que alguien supiera que les gustaba. Por si no ha quedado claro del todo, siempre he estado bastante marginada a causa de mis peculiaridades físicas, así que era algo que se llevaba en secreto.

Pero, ¿sabéis lo peor de todo? Que ese acoso que recibí en la ESO… me gustó. Porque habían pasado de las burlas a los elogios. Lo que antes les hacía gracia, ahora les gustaba. Yo les gustaba. Así que empecé desde muy jovencita a llevar escotazos que me hacían sentir poderosa. Curiosidad: tengo un lunar en cada pecho, a la misma altura. Si la camiseta tapaba los lunares quería decir que no era suficientemente escotada.

Cada viernes, salía con mi amiga a rondar por el barrio, evidentemente de punta en blanco (o sea, de escote en blanco) y contábamos entre risas los chicos que me miraban las tetas y nos lanzaban piropos. Supongo que era una forma de sentirme bien conmigo misma. Aunque estuviese totalmente deshumanizada. Porque había dejado de ser yo para ser “la de las tetas grandes”.

Ahora mi venganza es terrible. Me encanta mostrarlas y ver cómo se vuelven locos los hombres al contemplarlas. Ya desde el instituto lo que más me gustaba era fantasear con las pajas que se hacían los chicos pensando en mis tetazas.

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