LeAnne Crow y sus enormes tetas haciendo una paja

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Nos conocimos a través de Internet. Empezamos a charlar y poco a poco la amistad y, claro, la confianza, fue creciendo entre nosotros. Así, me contó un día por teléfono que su vida sexual dejaba bastante que desear desde que se separó de su marido. Había decidido, después de su fracaso matrimonial, que no quería por el momento iniciar una nueva relación formal y eso repercutía, creía ella, en su vida sexual, porque, además, pensaba que los hombres no se acercaban a ella mostrando un interés sexual debido a su exceso de peso. Yo le dije que podía ser una impresión suya pero que tenía un montón de cualidades, porque es cariñosa, tierna, inteligente, con sentido del humor, con estilo vistiendo, una sonrisa preciosa que la hacían a mi parecer muy atractiva y de verdad deseable.

– ¿De verdad te parezco deseable? No te creo, quieres quedar bien conmigo. Jajajaja.

– Te puedo asegurar que no me importaría nada hacerte el amor- dije yo también con una sonrisa.

Ella se quedó callada y cambiamos de tema, pero yo creo que algo se le pasó por la cabeza.

Una tarde que habíamos ido al teatro. De vuelta a su casa me invitó a subir a tomar algo. Su ex se había llevado al niño a pasar fuera el fin de semana. Nada más cerrar la puerta del apartamento se giró mirándome fijamente a los ojos y nos fundimos en un abrazo mientras empezamos a besarnos.

– ¿Te preparo un té, un café? ¿Qué quieres tomar? – Quiero tomarte a ti -le dije agarrándole por la cintura- pero sí, preparemos ante un té.

Una vez en el sofá y después de saborear el delicioso té que habíamos hecho, ocurrió lo que los dos esperábamos. Nuestras bocas se juntaron en un beso apasionado. Las lenguas jugueteaban enredándose una en la otra. Me gustó el frescor de sus besos. Muy despacio empecé a desabrocharle los botones de la blusa. Ana acariciaba mi pelo. Desabroché su sujetador y con mi boca golosa me apoderé de sus enormes pechos, con unas grandes areolas oscuras y unos pezones que ya estaban duros como frutas maduras, en los que me entretuve chupando, lamiendo, dando pequeños mordisquitos.

Cuando le quité su falda aparecieron ante mí unas grandes bragas preciosas, blancas y con un bordado delicado que dejaba transparentar su coño con poco vello, casi depilado. Las retiré un poco y acaricié su húmeda vulva lo que hizo que Ana se estremeciera. Metí un par de dedos mientras ellas se masajeaba sus tetas enormes y yo besaba sus jugosos labios. Despacio fui descendiendo desde su boca besando su cuello, sus pechos, su vientre que se convulsionaba como un flan delicioso, hasta llegar a su sexo que esperaba las caricias de mi boca.

De su sexo emanaba un aroma embriagador. Ese olor suave, sugerente, de mujer excitada, que me hacía desear más que nada empezar a comérmelo. Acerqué mi boca a su coñito y le di un lametón rápido, de abajo a arriba, por todo su sexo.

– Uhmmmmmm, sí, sí, sigue cielo que eso me encanta.

Separé delicadamente sus gruesos labios para descubrir su clítoris como si fuera buscando una perla de placer y allí estaba, sobresaliendo de su capuchón, turgente ya. Me puse a lamer y besar al mismo tiempo. Mi lengua recorría cada rincón de su sexo y jugaba con sus labios, con su clítoris, chupándolo como si fuera un pezón, mientras Ana me apretaba dulcemente la cabeza contra su coño y gemía sin control. Hasta que levantando las caderas empezó a correrse sujetando, ahora sí con fuerza, mi cabeza contra su coño, envolviéndome con sus muslos, como queriéndome retener dentro de ella hasta que decayese un poco su clímax. El sabor de su miel era delicioso. Mantuve la presión de mi boca contra su sexo hasta que me incorporé a su lado y quitándome los pantalones la invité a terminar de desnudarme.

Cuando sus manos bajaron mis calzoncillos mi polla apareció enhiesta, dura, grande, avanzando a su rostro. Ana la cogió delicadamente entre sus manos y comenzó a masturbarme mientras su lengua recorría la base de mi sexo, lamiendo mis testículos con delicadeza y sin dejar de besar por donde pasaba su lengua. Finalmente se metió mi polla en su boca y empezó a hacerme una felación deliciosa.

– Uhmmm, qué grande es. No me la puedo tragar entera.

Su lengua recorría todo el tronco de mi verga, empapándola con su saliva, dejándola reluciente y a mí me tenía en el séptimo cielo. Antes de que me corriera en su boca le cogí de la mano y la llevé a la habitación.

Ya en la cama, me pues detrás de ella, abriendo sus grandes nalgas blancas, que dejaron a mi vista el agujero oscuro de su ano, que yo acaricié por encima, delicadamente, sin introducir el dedo (otro día os contaré nuestra primera experiencia anal) provocando que mi amiga se estremeciera. Cuando mi polla encontró la entrada de su coño jugoso y chorreante la empecé a penetrar mientras ella hundía la cabeza en la almohada y ahogaba un grito de placer

– Ahhhhhhhhhh, qué polla tienes. Qué polla tan maravillosa.

Empecé a moverme despacio aunque mi verga se deslizaba muy bien en el coño de Ana que estaba empapado de flujo. Ese delicioso flujo que antes yo había saboreado. Quería que me sintiera recorrer cada centímetro de su vagina, penetrándola suavemente hasta el fondo de su sexo. Ana no paraba de resoplar y de gemir y sus pechos se bamboleaban desafiantes con cada envite.

– Fóllame cariño….Uhmmmmmm, qué rico. Sigueeeeeeeeeeeeee.

Empecé a moverme un poco más rápido y Ana comenzó también a ir al encuentro de mi sexo. Veía mi polla entrar y salir de su coño Con una mano alcancé uno de sus enormes pechos acariciándolo. Cuando me detuve en su hermoso pezón duro Ana comenzó a jadear con más fuerza y empezó a decirme:

– Me corro, me corro cielo, me corrooooooooooooo.

De pronto se desplomó sobre la cama. Yo seguí dentro de ella moviéndome, llenando su sexo con mi verga dura mientras le susurraba:

– Sí, cariño, sí, córrete; córrete. Así.

Me detuve un momento descansando mi cuerpo sobre su espalda. Retirando el pelo de su cuello besé su nuca y su rostro sudoroso. Ella descansaba con los ojos entreabiertos, sin moverse apenas. Me separé y me tumbé a su lado abrazándola. Ana reaccionó tras unos minutos:

– Qué rico, qué rico, gracias cariño, gracias… – Lo dices como si ya hubiera terminado cielo, pero yo quiero hacerte gozar más- le dije mientras acariciaba su rostro. Los dos nos reímos.
– ¿Sí? Uhmmm, sí, hazme gozar, dame más placer.

Al instante ya estábamos de nuevo besándonos. Yo me puse de espaldas, Ana se subió sobre mí y empezó a dirigir mi verga hacia la entrada de su sexo. Cuando se la colocó empezó a sentarse sobre ella, metiéndosela poco a poco.

– Despacio cariño, cariño, no empujes tú. Déjame a mí…Uhmmmmmmm, qué grande. Cómo la siento.

Sus grandes pechos quedaban a mi alcance y empecé a acariciarlos y a apretarlos suavemente. Ana echaba la cabeza hacia atrás mientras se sentaba una y otra vez sobre mi polla. Era fascinante ver a aquélla mujer moverse con tanto pasión. Sus pechos subían y bajaban con cada movimiento. Ana estrujaba ahora uno de ellos mientras se apoyaba en mi pecho.

Cuando aflojó el ritmo porque empezó a cansarse yo comencé a moverme. Me sujeté a sus caderas y empecé a entrar y salir, al principio suavemente y luego cada vez más rápido. Su coño era un mar de flujo que chorreaba por sus muslos y empapaba mi polla. Se oía un chapoteo delicioso cada vez que la penetraba y hasta mi nariz llegaba el aroma a sexo que inundaba la habitación. Cambiamos de postura. Ella estaba ahora tumbada abierta a mí. Sus muslos abiertos me ofrecían la visión de un sexo enrojecido por la follada, empapado de flujo y de sudor, que se me ofrecía como la más hermosa de las flores. Tomé una de sus robustas pantorrillas, la apoyé en mi hombro y la penetré hasta lo más hondo. Lenta pero firmemente. De su garganta escapó un gemido de placer. Empecé a moverme de un lado a otro para que sintiera todo mi sexo acariciando cada rincón de su vagina.

– ¿Me vas a follar? ¿Me vas a follar otra vez? – Sí cariño. Te la voy a meter otra vez… – Uhmmm, sí, cielo sí. Fóllameeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee…

Empecé a moverme con más ímpetu. Su vientre y sus pechos bailaban con cada penetración mientras ella me cogía el culo apretándome contra ella, haciendo que la penetración fuera cada vez más profunda, hasta que empezó a jadear de esa manera tan especial que tiene ella cuando está a punto de correrse. Cerró los ojos y pequeños gritos salieron de su garganta.

– Ahhhh, Ahhhh, Ahhhhhh, Ahhhhhhh

Hasta que deshizo el abrazo sobre mi espalda. Su respiración se fue acompasando.

– Ufffffff, no puedo más, no puedo más…Qué maravilla… Apenas tenía fuerza para sonreír. Besé tiernamente sus labios, su nariz, sus párpados, su frente. Cuando se recuperó un poco le dije,

– Y ahora me toca a mí. Quiero correrme yo también… – Umm, si es verdad. Si no te has corrido todavía.

– No cielo, y me gustaría hacerlo sobre ti. ¿Dónde te gustaría que lo hiciera? – Donde quieras tú cielo, donde quieras…en mis pechos. Sí, hazlo en mis pechos. Quiero sentir tu leche caliente sobre ellos.

– Como quieras cariño, me voy a correr en tus pechos.

Me arrodillé a su lado y empecé a masturbarme. Ana juntaba sus pechos y me los ofrecía en una deliciosa cubana así que no desaproveché la ocasión. Mi polla desaparecía entre esas enormes tetas que la abrazaban suavemente, mientras ella lamía mi miembro cuando alcanzaba su boca Estaba muy excitado así que no tardé en sentir cómo mi leche quería desbordarse y regar el cuerpo de Ana. Y así ocurrió. La corrida fue deliciosa. Cuatro chorros llenaron su pecho de leche blanca caliente y espesa que ella repartía por sus tetas, masajeándose con ella. Después, cogiéndome la polla se la llevó a la boca para limpiarme el glande con la punta de la lengua, perfilando sus labios con ella. La sensación de placer que sentí cuando su lengua acarició mi glande fue indescriptible. Me tumbé a su lado. Nos abrazamos y acariciamos mientras hablábamos de lo que había pasado hasta que nos venció el sueño.

A esta vez siguieron por supuesto otras hasta que conoció al que hoy es su marido. Nos vemos de vez en cuando pero sólo para tomar un café. Ella me dice que no quiere engañarle. Yo respeto su decisión.

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