La gordita Christina Hendricks en pelotas

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La gordita Christina Hendricks en pelotas

Hay materias que estudiamos en el colegio y se nos han quedado ancladas al córtex temporal como el pelo de gato a los jerséis de polyester. La Valeta es la capital de Malta, el Aneto el pico más alto de los Pirineos y los Ojos del Guadiana, un sistema acuífero por el que el río mesetario aparece y desaparece ante nuestros ojos como por ensalmo. Y exactamente eso es lo que pasa con el término “gordibuena”, aparece y desaparece de nuestras vidas según convenga a los que crean, exprimen y aniquilan tendencias.

Porque el término no es novedoso, llevamos lustros trayéndolo a colación y se encuentra no sólo en el habla común de muchos países latinoamericanos, sino también en la obra de autores como el novelista y poeta Lezama Lima o, por qué ignorarlo, en el tag de un buen número de vídeos pornográficos caseros (no es imprescindible comprobarlo).

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Así es como el “caso Adele” evidenció nuestra enfermiza obsesión por el peso.

El término “gordibuena” es el primo lejano de aquel “fofisano” que tantas páginas llenó en la primavera-verano de 2015. Acuñado por MacKenzie Pearson, una estudiante de la universidad de Clemson, definía a un hombre que ha ignorado las últimas clases del gimnasio para ir a tomarse unas cervezas. Ojo, sólo las últimas. No pensemos en Homer o en Barney apoyados en la barra del Moe’s. En el fondo el “fofisano” no es más que el hombre que se ha cansado del crossfit y el running porque ya tiene todos los elementos externos adicionales que sirven para la conquista.

Y ese era el terrible mensaje que subyacía en el texto de Pearson. Porque el fofisano no era el fontanero del seguro o ese tío político que pasean con un transistor king size al oído mientras escucha Carrusel Deportivo con la camisa desabrochada hasta medio pecho. No. Los artículos sobre la nueva tendencia mostraban fotos de Leonardo Di Caprio, Ben Affleck o Gerard Butler. Efectivamente, alguno de los hombres más deseados del mundo. Y ahí es donde radica la trampa: lo que gusta de los fofisanos no es el tejido adiposo que cubre su vientre perfectamente bronceado, es la tranquilidad del futuro resuelto que la ha generado. Y en tiempo de crisis esa paz resulta más deseable que la de Oriente Medio.

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